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Recordando a Simone de Beauvoir.

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La vida de la filósofa y escritora francesa representó un caso emblemático del empoderamiento femenino. Su trabajo fue de vital importancia en la lucha feminista, ya que caló hondo en el imaginario colectivo de su época al punto de alentar a las mujeres de clase media a abandonar el hogar en búsqueda de un trabajo e impulsó lo que hoy se denomina segunda ola del feminismo. Posteriormente, el legado de su obra principal, El Segundo Sexo, logró sentar las bases para el tercer levantamiento de uno de los movimientos socio-políticos más relevantes del siglo XX.

Simone de Beauvoir nació el 9 de enero de 1908 en París, en el seno de una familia burguesa de moral cristiana muy estricta. Vivió su infancia en el piso ubicado en el bulevar Raspail junto con su padre, Georges Bertrand de Beauvoir, que trabajó un tiempo como abogado; su madre, Françoise Brasseur, una mujer fervientemente religiosa, y su hermana menor Hélène de Beauvoir. 

Después de la Primera Guerra Mundial, su abuelo materno, Gustave Brasseur, entonces presidente del Banco de la Meuse, presentó la quiebra, lo que precipitó a toda la familia a la pérdida de su status económico y social.  De manera que la niña Simone vio cómo la relación entre sus padres se deterioraba lentamente, pero por fortuna, ambos compartían la convicción de que, dada la inestable condición económica en la que se hallaba el núcleo familiar, la única esperanza de mejora social para sus dos hijas eran los estudios.

Dicho entorno le permitió, de alguna manera, rebelarse contra las ideas atávicas pertenecientes a las tradiciones que glorificaban la necesidad de formar una familia convencional –que continúa precisando de la monogamia entre sus prácticas para sostener la estructura del hogar-, y que por aquél entonces se caracterizaba por ser una institución con roles taxativamente asignados. 

Uno de los primeros “elogios” que recibió Simone de Beauvoir por parte de su padre fue “poseer el cerebro de un hombre” debido a sus notables condiciones para el estudio. Quizás esta frase haya resultado emocionalmente impactante para la filósofa francesa, ya que durante su vida marchó en la dirección opuesta a lo asignado por los roles de género y las costumbres heredadas. De adolescente, por citar un ejemplo, se rebeló contra la fe familiar declarándose atea y considerando que la religión era una manera de subyugar al hombre.

El problema de la sumisión del ser humano (particularmente de la mujer) hubo de marcarla desde sus primeros años de juventud y jamás la abandonó, ya que aquellas ideas no hicieron más que florecer en su pensamiento mientras avanzaba con sus estudios de filosofía en la École Normale Supérieure. Los conocimientos adquiridos y la propia experiencia de vida le llevarían a plantearse, en términos filosóficos, lo que sería la pregunta central de toda su investigación: ¿Qué significa ser mujer?

La autora se había percatado de que mucho se había escrito sobre la mujer desde las diferentes áreas académicas (el psicoanálisis freudiano, por ejemplo, concebía a la mujer como un macho castrado), pero que todo aquello pertenecía a una cosmovisión androcéntrica, es decir, a un grupo de teorías que constituían una visión hegemónico-histórica del varón que postulaba lo femenino dentro de la categoría de “lo otro” o “alteridad” respecto a lo masculino. Consecuentemente, la mujer era imaginada hasta ese entonces como lo no-masculino, sin llegar a responder a la pregunta que Simone se había planteado como punto de partida.   

En cuanto a esto, hay una frase tan conocida como malinterpretada en el corpus filosófico de Beauvoir, aquella que dice “No se nace mujer, se hace”, asociándola con una mirada posmoderna (propia de nuestros días) sobre el sujeto metafísicamente concebido como una tabula rasa, esto es, una hoja en blanco que puede asignarse a sí mismo lo que es por medio de su autopercepción, desconociendo los discursos de la biología, psicología y los datos que arroja la psicología evolutiva. 

Sin embargo, Simone no pecó de ninguno de esos errores ya que definió claramente a la mujer como la hembra humana. Se nace como tal (hembra humana), pero la cuestión de ser-mujer o cómo se llega a ser lo que se es precisa un examen diverso. Para la intelectual francesa, dicha categoría –la de mujer- se daba en torno a la dimensión socio-cultural, en el contexto de una sociedad determinada. A su vez, también podría reconocerse una clara influencia de existencialismo sartreano, puesto que la existencia (ser hembra humana) se da en primera instancia, y luego una se da su esencia (ser mujer).  

En definitiva, Simone se desliga –en parte- del discurso biologicista que identificaba el sexo con el género, interpretado hasta entonces como una y la misma cosa (determinismo biológico). El sexo asociado a los órganos reproductores es para Beauvoir una categoría biológica, mientras que el género –si bien no se desliga de forma absoluta de la psiquis y las características evolutivas- puede considerárselo desde la perspectiva de la construcción social. 

Por lo tanto, lo femenino empieza a verse desde la óptica de las prácticas, valores y costumbres que hacen a la estructura ideológica de una sociedad, que se transmiten por medio de las instituciones (no sólo a partir de las entidades estrictamente educativas, sino también en el ámbito familiar). Ser hembra humana es en definitiva un destino biológico, empero, no es así para la categoría de lo femenino o la mujer, ya que esto nos sumerge en el espectro cultural, que no necesariamente tiene que responder a la biología como discurso científico. 

Nótese en las palabras de la autora: “Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino“.

Es así que en su obra capital titulada El segundo sexo, Simone dividió la existencia de la mujer en etapas (niñez, juventud, adultez y vejez), para echar luz sobre las diversas experiencias que constituyen cada momento de la vida, en pos de analizar los procesos socio-culturales que, hasta el día de hoy, le asignan a la hembra humana una forma específica de ser-mujer o vivir lo femenino. Para Beauvoir, la mujer o lo femenino representaban categorías a las que todas las hembras humanas se veían forzadas a corresponder. Posteriormente, la intelectual francesa Monique Wittig sugeriría en 1992 en su obra El pensamiento heterosexual, que para liberar a las mujeres habría que destruir a la mujer en tanto concepto, de manera que pudiera existir un amplio abanico de feminidades y no un eterno femenino.  

Por otro lado, Simone de Beauvoir fue una incansable luchadora del aborto libre en Francia, como demostró al publicar su Manifiesto por el aborto legal a comienzos de 1970, momento en que se debatía la despenalización del aborto en el país:
“El aborto libre y gratuito no es nuestra única plataforma de lucha. Esta demanda es simplemente una exigencia elemental. Si no se la toma en cuenta, el combate político no puede ni siquiera comenzar. Recuperar, reintegrar nuestro propio cuerpo constituye para nosotras, las mujeres, una necesidad vital. De frente a la historia, nuestra situación es bastante singular: en una sociedad moderna como la nuestra, somos seres humanos a quienes se les prohíbe disponer de sus cuerpos. Una situación que en el pasado sólo los esclavos han conocido”.

Al procurar quitarle las cadenas al cuerpo femenino, Beauvoir se estaba adelantando a la famosa frase de la intelectual feminista norteamericana Kate Millet: “lo personal es político”. Como las mujeres de clase media ya habían sido liberadas de la cárcel del hogar, la estrategia fue encerrar a la mujer en una cárcel más pequeña, más eficaz que los límites de una casa. Es por ello que la hegemonía del relato patriarcal procuró -modificando las fronteras discursivas de lo deseable- enclaustrar a la mujer en la cárcel más íntima: su propio cuerpo. Años más tarde, las feministas marxistas desarrollarían esta teoría en la década del 70 al recoger el guante y defender, entre diversas reivindicaciones, la autonomía del cuerpo femenino, luchando a su vez contra los estereotipos de belleza (lo que Naomi Wolf en El mito de la belleza también identificaría como una estrategia para subyugar y controlar los cuerpos de la mujeres).  

Además de escribir novelas y ensayos filosóficos, Simone de Beauvoir experimentó el amor sin las ataduras de las convenciones sociales, rechazado la monogamia a favor de una responsable poligamia (si bien es cierto que jamás amó a nadie como a su compañero, Jean-Paul Sartre). Ambos se conocieron en 1929 cuando estudiaban filosofía en la École Normale Supérieure. Ella tenía 21 años y él 24, y desde aquél entonces experimentaron un amor libre –avivado por haber compartido ideas políticas, intereses literarios y filosóficos- que perduró toda la vida. Finalmente, los cuerpos de Sartre y Beauvoir fueron enterrados juntos en el cementerio de Montparnasse.

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