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12:56h. Domingo, 20 de Mayo de 2018

@MIMAMULTIMEDIOS

¿Qué ha pasado en el gigante sudamericano para pasar de ser la promesa del continente a la debacle económica y política actual?

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Contexto histórico

Brasil atravesó las últimas décadas del siglo pasado por hiperinflaciones que impidieron constantemente el desarrollo de una economía próspera. Entre los años 80 y 90 se registraron cifras de hasta 4000% anual. En el plano político también sufrió una de las peores dictaduras de la región que fue continuada por gobiernos democráticos agobiados por casos de corrupción. La suba incontrolable de los precios intentó ser frenada por los famosos ‘controles de precios por ley’, siempre terminando en fracasos.

Todo cambió en 1994, cuando el Ejecutivo nombró a un nuevo ministro de Economía, Fernando Henrique Cardozo, el principal arquitecto del progreso de Brasil y luego presidente electo en el 95. Cardozo sabía que la inflación es un fenómeno monetario, por lo tanto, la solución era frenar la impresión del dinero. El Plan Real, el 1a1 a la brasileña, fue una ley de convertibilidad idéntica a la que aplicó Domingo Cavallo en Argentina y que de un año para el otro mató la inflación descollante. (Ver gráfico)

La norma, que mantuvo a raja tabla el sucesor de Cardozo, Inacio Lula Da Silva, impidió que el Banco Central emitiera dinero a discreción, pero también obligaba al Gobierno a reducir los gastos que antes financiaba con esa impresión de moneda. Por ende, Cardozo debió impulsar un gran programa de privatizaciones, incentivando la entrada de capitales extranjeros en sectores energéticos, telecomunicaciones, infraestructura, etc.

La llegada de Lula

El hecho de una divisa estable facilita los negocios, promueve inversiones y favorece a los sectores más vulnerables de la sociedad. Así comenzó la década dorada de Brasil, y en 2002, con la llegada de Lula, la política económica no encabezó ninguna revolución, a diferencia de otros líderes de la región. Se continuó el trabajo anterior: estabilidad monetaria, presupuesto equilibrado y seguridad jurídica. Pero la llegada al poder de Lula coincidió con un alza de las materias primas enorme (soja, azucar y varios minerales), lo que motivó a encarar los famosos programas sociales (bolsa familiar) que sacaron de la pobreza a 22 millones de personas, según la revista Forbes.

De repente, Brasil se convirtió en el mejor lugar para la llegada de grandes multinacionales que abrieron oficinas por todo el país. Thomas Picketty, una de las figuras intelectuales de la izquierda actual, ha dicho que el problema de Latinoamérica es que “no deberían aceptar demasiado capital extranjero porque pone en riesgo su soberanía". Lula hizo todo lo contrario y sus mandatos a nivel económico tiene pocos cuestionamientos.

Debacle

Evidentemente, el panorama de corrupción que invadió al Partido de los Trabajadores, la fuerza partidaria de Lula, generó un gran malestar social. Sin embargo, dos factores escenciales, como lo fueron la poca apertura económica y la caída de los commodities, explicó una fuerte disminución de la recaudación. Así, la administración de Dilma Roussef entró en una política de recortes obligados y una profunda recesión que propulsó la desconfianza generalizada. Entre 2015 y 2016 el PIB cayó 7%, una debacle de dos años consecutivos que no ocurría desde 1930-31.

No es una locura que sea Lula y no Dilma, quien ostenta la mayor imagen positiva a meses de las elecciones. Los errores de Lula fueron mantener un duro proteccionismo, un mercado de trabajo poco flexible y esencialmente, no prevenir que los ingresos extraordinarios son, precisamente, extraordinarios, y no permanentes. En 2017, el PIB recuperó 1% luego de ciertas reformas que encabezó Michel Temer y una fuerte disminución del déficit fiscal.

“La inflación doméstica es baja y las tasas de interés son bajas, si se sigue por el camino de reformas estructurales, en el 2019 podría haber un día de sol perfecto para la economía brasileña", dice Marcos Troyjo, analista económico y codirector del Bric-Lab de la Universidad de Columbia. Tras una dura transición y un contexto social bastante caldeado, el futuro del panorama económico lo decidirán las presidenciales de octubre.